Para millones de aficionados que salieron a las calles, a los estadios y a los puntos de reunión de la Ciudad de México con la pregunta «¿Y si sí?» repetida como consigna, la eliminación de México ante Inglaterra deja una sensación distinta a la de una derrota cualquiera: la de haber estado, genuinamente, a un paso de la historia.
El partido tuvo todos los elementos que la afición esperaba de un duelo de esta magnitud. Hubo una hora de retraso por tormenta eléctrica que multiplicó la tensión antes del silbatazo inicial. Hubo dominio territorial mexicano con más de 60 por ciento de posesión en el primer tiempo. Y hubo, sobre todo, un equipo que remontó parcialmente una desventaja de dos goles en apenas seis minutos, gracias al tanto de Julián Quiñones antes del descanso.
Para quien vivió el partido desde las gradas o desde casa, el tramo más intenso llegó en la segunda mitad. La expulsión de un jugador inglés al minuto 54 encendió la ilusión de una remontada completa, una sensación que se sostuvo incluso después de que Inglaterra anotara su tercer gol de penal, porque México respondió de inmediato con el segundo penal a su favor, convertido por Raúl Jiménez para el 2-3.
Ese tramo final, con México atacando con un hombre de más durante casi 40 minutos, representa quizá el momento que más quedará en la memoria colectiva de la afición: centros, intentos, un estadio completo exigiendo el empate, y una insistencia que no alcanzó, pero que dejó constancia de que el equipo no se rindió en ningún momento del partido.
Para la afición mexicana, el resultado también representa un punto de comparación directo con la última vez que el Tri llegó tan lejos en un Mundial jugado en casa, hace ya cuatro décadas. Aunque la eliminación duele, el propio desarrollo del partido —la capacidad de generar, de remontar parcialmente, de tener el balón ante una potencia como Inglaterra— ofrece una base real para pensar en los próximos ciclos de la selección nacional con una expectativa distinta a la de años anteriores.
La eliminación también deja una lección deportiva que trasciende el resultado: haber tenido la posesión, la localía, el aliento del público y hasta la ventaja numérica no garantiza el resultado si el rival administra mejor los momentos decisivos. Es una lección dura, pero también una que puede convertirse en aprendizaje para el proceso que sigue.
Mientras la afición procesa la eliminación, el torneo continúa sin México, pero con un antecedente que puede pesar de forma positiva hacia el futuro: un equipo que compitió sin complejos ante una de las selecciones más fuertes del mundo, en un partido que se decidió por detalles y no por una diferencia evidente de nivel.


